Jonhy Repka y amigos en un concierto inolvidable en la guardia del Hospital Alvarez
lunes, 27 de septiembre de 2010
miércoles, 22 de septiembre de 2010
lunes, 13 de septiembre de 2010
Feliz día, maestros de la vida...
Compartimos entre todos este pequeño texto que nos envia Ezequiel Taborda, un querido maestro...
Ahora el maestro es usted
Octubre, una mañana fría. Un hombre toca la puerta del aula. Trae en sus manos un pequeño bolso lleno de quién sabe qué. La señorita abre y saluda. Se conocen hace meses y han tenido más de dos conversaciones. Los chicos reciben al hombre al grito de ¡Yo te conozco, sos el papá de Julieta! Julio, quien parece un poco nervioso ante la calurosa bienvenida, es en efecto el papá de Julieta, alumna de tercer grado de no tanto éxito escolar.
La señorita presenta a Julio: explica que vino a enseñarnos algo que él sabe mejor que nadie. Retoma, entonces, el tema que viene trabajando con sus alumnos desde hace ya un mes. Dice que Julio está aquí para contar algunas cosas que nos enseñaron los primeros pueblos de América, los primeros que vivieron en Bolivia y Perú. La señorita recoge sus cosas del escritorio en el frente del aula y se lo cede Julio: Ahora el maestro es Usted. Con estas breves palabras, le devuelve a Julio la sonrisa que éste le ofrece y se sienta entre sus alumnos.
Julio comienza con una historia. Relata que cuando era chico vivía allá lejos por las montañas más altas del Perú, donde existía un lago peligrosísimo al que le estaba prohibido acercarse. El abuelo le contaba una antigua historia: en tiempos de los incas, alguien había arrojado allí un baúl o una valija con monedas de oro. En aquel lago habían muerto largas filas de curiosos y codiciosos. Pero a pesar de las advertencias del abuelo, Julio se había acercado, no sin miedo, a comprobar la claridad y pureza de las aguas, cediendo a la fuerte incitación de lanzarse a la búsqueda del oro.
La atención de la audiencia es completa. El narrador, con la seguridad de un experto, deja correr un silencio antes de develar el final. Los chicos, ansiosos, hacen esa pregunta que la señorita no se anima a preguntar. No, al final le hice caso a mi abuelo, cierra Julio. Aplausos.
Cuando la señorita logra salir del estupor del relato y volver a la conducción de la clase, pregunta a Julio si quiere contar algo más. Ante su sorpresa, él responde que sí con seguridad, que aún continuará unos minutos más.
Entonces abre el misterioso bolso, que antes - no sin premeditación - había dejado sobre el escritorio para alentar la duda de los pequeños. Saca parsimoniosamente una especie de piedrita. Algunos niños la reconocen de inmediato: se trata de un chuño, una variedad de papa deshidratada. Lo que los niños y su señorita no saben es cómo se hace para que la papa quede así, y aquí viene a cuento nuevamente el abuelo de Julio, experto disecador de la montaña.
Con sumo detalle, Julio expone el proceso de secado de la papa y el de su rehidratación. Usa analogías para que los chicos puedan imaginar el pasto de la alta montaña, y describe las heladas con fidelidad. Los chicos empiezan a rodear el escritorio acercándose a los tubérculos dispuestos sobre la mesa. Cuando la explicación termina, Julio acerca los chuñitos a los chicos, para que los toquen. Santi, que no tiene familia en otros países sino en su homónimo Santiago del Estero, los manipula con interés, los golpea contra la mesa, los huele. Los chicos del altiplano que ya son expertos comentan, desde hace rato, todas las comidas que en su casa preparan con el chuño. Julio y la señorita sonríen. La clase termina. El timbre toca y con besos todos despiden al papá.
La señorita se sienta en su escritorio y recuerda esa primera reunión de padres en la que varios que contaron sobre cómo sus hijos no querían comer ya sus comidas sino hamburguesas, en la que muchos se alegraban de saber que en Bolivia el aymara volvía a valorarse y sus hijos ya no se avergonzarían de ellos, en la que algunos compartían el desarraigo, la tristeza de estar lejos de su música y su tierra. Reunión de padres en la que las maestras reconocieron que durante años, la cultura de los pueblos de América había quedado excluida de la escuela. Esa reunión en la que todos, hasta los que no venían de lejos, estuvieron de acuerdo en que era la escuela la que podía ayudar a valorar las buenas enseñanzas de nuestros antepasados y en la que el aparentemente tímido Julio, a pesar de las predicciones de otros maestros, se había ofrecido a dar una clase sobre las tradiciones peruanas en la alta montaña.
Cecilia Chiappetta. Revista Sacapuntas N° 4.
http://sacapuntasrevista.com.ar/

